Soy de esas personas que odian los paraguas.

De esas que rompen con furia

las varillas

en los bordes de las aceras

y se bajan la capucha respirando,

-si es que el agua las sorprende.-

 

Soy de las que pasean despacio,

sin prisa, dejando arrastrar los pies

por los cruces desbordados.

 

En ocasiones, imagino que la lluvia

está llena de diminutos dedos infinitos

rebeldes e insistentes

índices amables que intentan indicarnos el lugar

donde descansa la verdad de nuestros cuerpos fútiles

dedos como gotas que resbalan por la frente

golpeando con su llanto nuestra huida.

 

Y sin embargo

y a pesar de todo

no hago más que volver al mundo que se me exige

a ser de nuevo una chica que se inunda los playeros en los cruces que se anegan del rojo a la esperanza y a la guarida de la que se huye

y a la que corremos.

La que no existe.

 

Y después me reiré complaciente

sin saber que el frío que no cede

es el único refugio.

 

Pero no, no hay refugio

no hay guarida en mi y eso me libera.

 

Quiero caminar despacio,

cada vez más despacio

porque sé que cualquier llovizna débil

agotará su pulso

mucho más fuerte que yo

 

Autor: pdescosida

Tres cosas hay en la vida: Salud, dinero y alcohol.

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